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Cuántas cosas cambian en un año, un par de parpadeos y nada vuelve a ser igual. Aprender a respirar bajo el mar, saltar precipicios y aprender a volar, naufragar en una isla paradisíaca, encontrar un nuevo hogar, ser cómplice del desastre y seguir aniquilando todo lo que tocas. Mi particular manía de sonreírle a la adversidad, la única manera de salir airosa de toda guerra. Mi fama, la que me he ganado a base de fracasos y de éxitos. Todos míos. No me avergüenzo. 
Los que se quedaron atrás tratan de vengarse, como si fuera la última oportunidad para recuperar la honra del combate. A sabiendas de que, el que compite solo, también ganará y perderá solo. Y, esta vez, puede ser que el premio sea no volver a tener nada. 

Trescientos sesenta y cinco días de lluvia seca, sol penetrante y muchas risas de amigos que me han dejado claro que sí que puedo confiar. Pero que no podré hacerlo en todo el mundo. Muy pocos errores en mucho o muy poco tiempo. Y muchas cosas felices que archivar en el único lugar del mundo donde permanecerán siempre. 

Trescientos sesenta y cinco días de amor inmenso. De ese que parece que no cabe en el pecho. Del que te hace olvidarte de que solías retratar sólo las emociones tristes. Un amor tan grande que parece ser capaz de terminar con mi autodestrucción interna. El único rayo de luz en mitad de un eclipse. Una dosis utópica de sinceridad y confianza. 

Él sin ti

Te dejaba ir porque, cuando un camino toma dos direcciones diferentes, es inútil decirle a alguien que quiere seguir andando que se quede amarrado al último punto de la historia en la que podrían ser felices. Juntos. 
Y es verdad eso de que todo llega, como lo hace este momento en el que te marchas y me dejas el armario lleno de piezas sueltas que, sin ti, ya no tienen sentido. 
No sé quién fue ese huracán que te cogió de la mano y te guió hasta desaparecer en medio de la nada, creyéndome hacer que había una excusa más que la obvia de que necesitabas huir.  Huir porque tu siempre has sido de arrasar con todo, de romper todo lo que tocas con las manos para, finalmente, coger tus cosas de manera sigilosa y dejar clavada en una chincheta una nota en la que tratas disculparte por ser como eres, imprevisiblemente loca, absurda e idiota. 

Y yo, que lo siento, pero no puedo perdonarte, recojo un par de fotos y las meto en un cajón, creyendo que así tu olor a libertad también se irá o se quedará guardado hasta nuevo aviso. Y, por si acaso, doblo una camiseta vieja con restos de pintalabios marrón y la coloco debajo de mi almohada, por si esta noche te arrepientes y decides quedarte a dormir. Por si al salir decides volver a ser tuya, pero conmigo. 

Dear friends

Amigos.
Los amigos se han ido sumando y esfumando a medida que han ido pasando los años. Y ya no hablo de aquellas personas que entraron en nuestra vida con una misión y que se fueron al poco de acabarla, hablo de los amigos, los que nos vieron caer mil y una veces en la misma piedra y siguieron ahí. Los amigos de verdad, los que tienen un protocolo de actuación preparado por si ocurre algún imprevisto. Amigos, los que aparecen en la puerta de casa a los diez minutos de recibir una llamada de emergencia, los que te llaman un día triste sabiendo que te oirán llorar, pero que, por si acaso, lo harán para decirte que todo terminará por salir bien y que ellos serán la causa y la consecuencia del desastre. 
Yo tuve y tengo la suerte de haber conocido personas que han marcado un antes y un después. Personas fundamentales. Personas como no habrá otras iguales. 
Entre ellas, la que me miraba a la cara y sin decir nada entendía hasta lo que yo no podía explicar, la misma que inundaba con su risa el vacío, la que me hacía sentir libre y comprendida en un mundo de mucha soledad, la rara que dio con la otra rara que yo era e hizo que todo saltara por los aires hasta dar con la mejor versión de mí.
Otra me habría las puertas de su hogar, tenía en sus brazos un recoveco que yo solía llenar cuando algo salía mal, incluso cuando no. Sus ojos eran plena confianza, seguridad. Esa persona que te conoce mejor de lo que tú misma te conoces, la que sabe que te vas a equivocar y en qué momento lo vas a hacer. La que te espera con hilo y aguja, con paciencia en el punto de no retorno. La que nunca te llamará loca porque odia la cordura y le encanta vivir con tu caos.
También la que es tu polo opuesto, pero perfecto complemento. La que te ayuda a crecer y a entender distintos puntos de vista, a ser más justa con el injusto. La que en un principio te complementaba en su distancia y la que termina por valorarte tanto que se queda cuando hasta el lazo de unión se va.
Otra con la que podría tirarme hablando todo el día sin temor a no encontrar nada que decir, con la cual los silencios también son parte del tema de conversación, lejos de sentir un vacío. La que me hace reír y perder la noción del tiempo, la que me acompaña a cualquier sitio sin plantearse cuál tonto es el destino al que quiero llegar. 
También están las personas que ves cada cierto tiempo sin apreciar cambios, las que tardan un café, tres cervezas y un par de copas en ponerte al día y, aún así, necesitan un poco del día siguiente porque los detalles se quedan sin contar. Las que te hacen ver lo bueno de la vida, el lado positivo de las cosas, el lado pícaro, el valiente, el repentino. Esas personas que te impulsan a hacer lo que sola no te habrías planteado, con tan buena suerte de que todo sale bien porque por lejos que estén, nunca te dejan al margen. 
Personas que no quieres conocer, personas que terminan siendo la otra tú en un lugar del mundo. Personas que conoces de imprevisto, personas que en principio encajan, pero que terminan rompiendo el puzzle. 

Os quiero. Y mucho. 


Eres tú


Eres tú porque me haces brillar en la oscuridad, porque cuidas tan bien mi vulnerabilidad que creo que soy fuerte. Eres tú porque has rehecho un muro completamente derrumbado y lo has conseguido pieza por pieza, siempre más despacio que deprisa. Eres tú porque no me reprimes el alma, porque no me haces sentir pequeña en un mundo de grandes, sino un gigante encerrado en el cuerpo de alguien diminuto, pero imprescindible. Eres tú porque tu espalda me cuenta que no solo hay poetas tristes, también los hay que escriben por amor y que se embarcan en una aventura muertos de miedo porque eso significa vivir. Eres tú porque las baladas tristes contigo no suenan a despedida, pero sí a eternidad. Eres tú porque no me prometes nada que no seas capaz de cumplir, porque no me ves capaz de no hacer algo, porque serás el primero en empujarme a conseguir algo absurdo que me haga feliz y estarás pendiente por si algo sale mal. Eres tú porque no entiendes el problema sin la solución, porque no crees en la imposibilidad de hacer algo. Eres tú porque sabes que puedes solo y, aún así, no has pensado en la posibilidad de dejarme al margen. Eres tú porque estamos abocados a una calle sin salida y todavía quieres seguir andando.

Y es por esto (y por muchas cosas más) por lo que renunciar a ti sería renunciar a vivir la vida frágil desde la perspectiva de un valiente. Sería malgastar el tiempo buscando una razón por la que seguir que no fuera porque sí.

Mío


Mío unos ratos (y otros también),
pero, que conste, mío sin posesión.                    
Porque yo sí te quiero.              
Te quiero libre.                      
Y mucho y muy bien.                      
Pero libre.

Y espero que puedas perdonarme por quererte de esta forma tan absurda.
Y espero poder perdonarte yo por quererme así, así de bien.

Y con esto no sé si te estoy abriendo las puertas del caos o si te estoy brindando la oportunidad de destrozarme por completo. Digamos, mejor, que estoy siendo sincera sin quererlo. Digamos, que me estoy dando la opción de hacer las cosas bien y de ser dueña de mi misma mientras me dejo llevar por una brisa de críticas no constructivas, un poco violentas; pero también por unas manos que aprietan al son de un 'todo va a salir bien'. 

Mía. Mamá.

Eres la mejor aventura
que he vivido, 
la mejor arma 
con la que luchar.

Eres la mejor compañera
de vida,
la mejor armadura
con la que me puedo refugiar. 

Eres un salvavidas
en medio del mar
y una salida de emergencia
cuando después de mucho perder,
no sé por dónde empezar a buscar.

Eres el precipicio 
por el que estaría dispuesta a saltar.
Eres calma, a pesar del huracán.

Y también eres mía. 
Mía. Mamá. 


Feliz

Te veo girar la esquina
después de desarmarme
y proclamar la libertad
en la comisura de mis labios.

Te veo irte
con tan pocas ganas
que me dan ganas de atarme
y fundirme en una reivindicación constante
a favor de ti.

Te siento
como si fueras el primer día de calor
después de un invierno
horrible.

Te siento y
mientras te siento
me siento
también.
Feliz.